En un segundo, la vida se acaba

Llegamos justo cinco minutos antes de que la misa iniciara esa tarde de junio. Hacía calor, pero no importaba, ahí estábamos de nuevo, dispuestas a acompañar. Lo que me preocupaba era poder cantar. Estaba demasiado impactada y sabía que no podría contener las lágrimas. Avanzamos cruzando el parque que está frente a la iglesia. Las calles estaban repletas de autos y fue difícil encontrar estacionamiento. Caminamos de prisa, la carroza negra ya estaba lista para bajar el cajón. Cruzamos la puerta del cerco de la iglesia y sólo veía gente con el semblante totalmente triste. No había llanto, no había gritos. Silencio fúnebre, total. Un silencio que hablaba por todos, que hablaba del dolor de la familia y los amigos. No había expresión de reclamo. No reconocí rostros, pues fueron segundos los que pasaron mientras entramos al templo. Sólo alcancé a ver cuando un joven con collarín abrazó a otro muchacho. Y apretando los ojos soltó un sollozo.

Entramos al templo. Guardando silencio, esperamos a que iniciara la misa. Pasaron 5 minutos, luego diez... quizá 15. El padre no llegaba. La familia estaba desesperada. El rostro de la madre del joven muerto expresaba una ansiedad terrible por no saber qué pasaba.

Finalmente, el sacerdote llegó. Y comenzamos a tocar las guitarras y entonar el primer canto, Entraré, entraré a su presencia, en libertad, por su amor, el espíritu me lleva, al trono de la gracia para estar cara a cara....

En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. En primera fila, los papás y su hermano. Parecen estar en shock. Parecen inmóviles. Como si no estuvieran, o como si flotaran.

La iglesia estaba atiborrada de personas; no cabían dentro del templo, algunos quedaron fuera, acompañando desde fuera junto a la puerta.

Qué desgracia, pensé dentro de mi. Qué frágiles somos. El silencio permanecía entre la gente. Todos mudos. Sólo la voz del sacerdote y los cantos que entonamos resonaban en la pequeña capilla.

Recordé aquel sábado 26 de junio, me dirigía a Cd. Morelos a tomar fotos en un evento. Eran alrededor de las 8pm, cuando al pasar el poblado Benito Juárez y antes de llegar a Paredones, una patrulla arriba de la carretera estaba dirigiendo el tráfico. Carros estacionados debajo de la calle junto a las parcelas y gente observando alrededor me inquietó. "Un accidente", pensé. Y si, un pickup ram color negro estaba volteado y el otro carro no alcancé a identificarlo. Pero había propaganda del partido Nueva Alianza tirada alrededor del camino.

Traté de reconocer si había algún conocido; pero no lo hubo. Seguí hasta llegar a mi destino. Y esa misma noche supe que no hubo muertos, pero había una persona grave. Me dijeron su nombre y donde vivía. Quedé perpleja.

Hacía aprox. una semana atrás que lo acababa de conocer, coincidimos en un recorrido de campaña; platicamos poco, pero me cayó muy bien y creo que yo también a él. Su cara se me hacía familiar, no me quise quedar con la duda y se lo dije. Me observó y empezaron las preguntas. ¿De dónde eres? ¿estudiaste en humanas? ¿en idiomas? ... etc, etc. Al final, no supe de dónde nos conocíamos.
Nos despedimos con un "nos vemos".

Pero al volverlo a ver jamás imaginé que sería de esa forma: en un cajón, a unos minutos de ser enterrado y recibiendo la bendición del padre.

Ahí estaba yo, en una banca, cantando con un nudo en la garganta salmos que reconfortaran a la familia, a sus padres. Quizá ellos no nos escuchaban, parecían estar en otra dimensión, lejos de la realidad, con la mirada perdida. Destrozados.

En un segundo la vida se acaba y nada se puede hacer.

Esta canción está hermosa y nos habla del dolor de una pérdida:

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