Me negaba a escribir.
Pero al mismo tiempo lo anhelo, como terapia es bueno. A veces solamente es cuestión de organizar las ideas y plasmarlas en vez de hablarlas. Me pregunto por qué no he logrado hacerlo, hablar fluidamente lo que pienso. Quizá es por autocensurarme continuamente, que he perdido la capacidad para expresarme. Una vez lo experimenté pero con el llanto. Evité llorar por mucho tiempo, tragarme las lágrimas y llorar sólo por dentro. Se puede. Pero en mi experiencia fue después contraproducente, porque el día que quise sacar mi llanto no lograba hacerlo, y quisiera describir esa sensación incómoda de querer desahogarte con lágrimas y no poder... es desesperante y triste, incluso dañino para la salud. Al menos para la salud espiritual creo yo.

Pues así me ha sucedido con la escritura. Lo evité tanto por la misma causa, por no querer soltar y desahogar el sentimiento. Por mostrarme vulnerable y expuesta; me di cuenta que en general escribo cuando estoy deprimida. Y este sitio parecía mi pequeño cuarto oscuro donde se respira tristeza. Pero a la vez, el cuarto de oración, donde Cristo pide que uno se encierre a hablar con el padre.

Me he cansado de mis propias luchas internas. Y a veces me causa tanto lidiar con las externas, las de las personas que me rodean, que dicen amarme y demostrarlo de una manera que no me agrada; que por el contrario me incomoda. Sé que debo aceptar a mis seres queridos, con sus defectos y virtudes, así como ellos me aceptan a mi con todos mis errores. Pero vaya, creo que no sé comunicarme lo suficientemente bien, como para que entiendan que no deseo opiniones cuando no las pido... o que necesito palabras que me conforten cuando me ven triste en vez de estropear más las cosas. Me siento cansada del veneno que sueltan algunas personas, porque he sido tolerante pero en cierto punto uno se irrita, uno se cansa de lo mismo, de indirectas que no hacen bien sino arruinar el momento. Las cosas de quien vienen, siempre me repite mi madre. Pero vaya, hasta con ella he tenido que mostrar mi molestia. Y es en ese punto cuando me pregunto si son los demás o soy yo, que me he tomado las cosas tan a pecho, que ser aprehensiva es algo que no logro controlar...

Cuando las cosas parecen marchar tranquilamente algo sucede, nuevamente pierdo el timón. Ya ni siquiera es eso... son las ganas de tomar el timón.

Y eso si es grave, porque lo que me hace regresar es esa persona pequeña que me ve con sus inocentes ojos y que no tiene la culpa de las malas decisiones que he tomado. Entonces, abro el telón de nuevo para tratar de actuar lo más normal o equilibradamente posible. Por él, nada más por él.

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